Los chocolates Godiva junto a mi cama.

Todo comenzó en España.

España, país que robó mi alma, aunque mi corazón pertenezca a otro sitio o persona (cuando llegue su momento). Me enamoro de ciudades, es una locura. Quizá suene raro pero de vez en cuando mis ojos necesitan un aire diferente al que están acostumbrado a sentir, y es aquí cuando siento la urgencia y necesidad de salirme a explorar otros sitios. Cualquier ciudad me puede enamorar, vaya que si de amor se trata, hasta una gasolinera puede ser romántica… pero si hay que elegir, sería Paris. No, no. Sería un lugar que aún no conozco.

Lo más interesante de las ciudades, son las personas que caminan por sus calles. Cada uno tiene tantas historias detrás de la apariencia que proyectan, detrás de la manera en que caminan, detrás de la ropa que traen puesta, detrás de las ventanas al alma que los permiten seguir adelante.

Era de noche, llamé a un par de amigos para ir por unas copas. En este sitio, siempre hay alguien nuevo a quien conocer, alguien quien te cuente sus historias, que dejarán sus huellas en ti por un determinado tiempo, según estas historias te hayan impactado. Y es que no hay nada más interesante que escuchar a alguien hablar de historias guajiras que dudarás más de un cuarto de hora si son ciertas o no.

Pues este personaje vivió casi al borde de la muerte cuando trabajaba en el gobierno español. Pero no comenzó con estas líneas la historia. Yo estaba dándole tips y consejos a una amiga que apenas iba llegando a este magnífico pero misterioso país. Le contaba cómo identificar a las personas y cómo utilizar el lenguaje sin que cometiera errores vergonzosos por confundir palabras de español de España y español de México. El siguiente momento, pasa cerca un hombre con patillas hasta las mejillas, de una manera – no muy educada – apunto y le digo a mi amiga ‘ese hombre te lo puedo apostar que es sevillano’.

Pues el sujeto se habrá dado cuenta de todo. Prometo que mi madre si me enseñó a no señalar y apuntar en público, seguro ya traía yo un par de copas encima.

“Has dicho algo acerca de mis patillas, eh?”

Pues sí, si lo había dicho y ahora tenía que dar yo una explicación. Y sí, era mitad sevillano mitad vasco. Este vasco-sevillano me llevó a pasear por todo Madrid durante mis 15 días de estancia en épocas decembrinas. Me enseñó cada rincón, cada decoración navideña, algunos sitios que aún no conocía yo (y otros le enseñe yo a el, que el no conocía… me dijo que tengo buen gusto) sí, como cuando lo llevé al Ten Con Ten. Me llevó por churros y chocolate caliente, estilo Madrid. Parece más betún que chocolate líquido… es delicioso, le das un trago y seguro acabas en el hospital con diabetes.

Fueron unos días mágicos, irreales, conociendo cada esquina del cerebro de este ser. Qué vidas tan diferentes llevamos, que paseos interminables caminamos, que rincones madrileños me enseñaste… me enseñaste a comer gambas como jamás lo había hecho yo. A tomar vino todos los días, me contaste secretos de tus amistades, de tu familia y de tu vida. Me decifraste completa en menos de 2 horas. Me hiciste sentir magia que jamás había sentido. Me cuidaste como si fuese yo una pequeña niña. Me diste Colacao… el Nesquik Español. Me diste un cepillo. Me diste dos fotografías, una que cuido casi bajo llave en un cajón y otra que llevo en mi cartera. Me conociste feliz, abierta, con frío, con calor, con copas encima, en mis momentos filosóficos, en mis momentos tontos, en mis momentos chiflados, en mis momentos de niña pija, en mis momentos de niña sencilla, en mis momentos de niña que lo da todo por amor.

Me entregaste una caja de chocolates Godiva antes de que me regresara a mi país, y nombraste a cada chocolate después de ti mismo. Comía uno cada noche justo cuando regresé. Me pregunto si sabrás de todo esto. Me pregunto si sabrás de qué manera cambiaste mi vida. Me pregunto si te preguntas lo mismo que yo. Recuerdo como si fuese hace menos de una hora el momento en que me iba y me ayudaste a subir mis maletas al taxi. Y que me pediste que te diera algo mío para que no me olvidaras. No traía nada encima más que el puto chango de mi maleta de mano Kipling. Lo quité y te lo di. Se llamaba Marcello. Me pregunto si aún lo guardas. Me preguntó si algún día sabré de ti. Me preguntó si de vez en cuando piensas en mi… y en los chocolates Godiva que tenía junto a mi cama.

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